Hoy quiero comentar el tercer motivo que lleva a algunos practicantes al dojo de Aikido. Es una motivación que está adquiriendo una importancia creciente, sobre todo en el estilo de vida occidental que hoy nos toca vivir. Es la sensación de pertenencia.
Como ya se mencionó anteriormente, el ser humano es un ser social. Cualquiera de los practicantes que lleve un tiempo suficiente de práctica se da cuenta de la cohesión de grupo que surge en un dojo de aikido. Esta unión se percibe y resulta atractiva para muchas personas.
No quiere esto decir que otras actividades no sean igualmente integradoras del ser humano en grupos que interactúan socialmente, sino que la práctica del aikido tiene algunas características que sobresalen en este sentido.
Por lo general, se tiene la sensación de pertenecer a un grupo “familiar” en el ámbito del dojo y a un gran grupo universal, el de los practicantes de aikido. El hecho de que no haya competición en la actividad y que haya una tradición de acudir a los cursos y seminarios, que los distintos maestros imparten constantemente, hace que haya una sensación de acogida general que es particular de la práctica de este arte marcial.
Cuando se viaja, lejos o cerca, para asistir a un evento de práctica no es infrecuente encontrarnos con individuos que altruistamente ofrecen su colaboración en forma de alojamiento, consejo, acogimiento, compañía a pesar de que como indivíduo se sea un perfecto desconocido.
Este sensación de pertenencia hace que en ocasiones, personas que no han encontrado la satisfacción de esta experiencia grupal en otras actividades de su vida diaria, sientan verdadera devoción por la práctica de aikido en estos términos de comunidad.
Sin embargo, como en los casos anteriores, esta motivación también tiene una cara menos diáfana. A veces la necesidad de pertenencia de algunas personas, o el simple deseo de colaborar, hace que otras, responsables de un dojo o líderes de un grupo de aikidocas, se aprovechen de esta situación para tiranizar a aquellos que desean verse integrados. Así hay (mal llamados) profesores que manipulan, enfrentan, humillan, acosan y destruyen, en difinitiva, a otros, cuando no se pliegan a su control indiscutido del grupo. Fomentan la integración plena bajo unas condiciones inaceptables. Si no, a estos díscolos se les orilla, se les asignan calificativos y etiquetas despreciativas y se les tacha, en dicha comunidad, de tibios, desleales, insolidarios, traidores…
Cada practicante no debe olvidar que la integración en un grupo de aikido debe ser libre, satisfactoria, respetuosa, constructiva. Existen una inmensa mayoría de comunidades, dojos y asociaciones en que esta integración es gratificante y de respeto y beneficio mutuo.
Encontrar este lugar es, por el propio bien, labor de cada uno.

Las razones para practicar aikido (III)